- Por aquí, por favor.
El inspector Krauss introduce uno de sus descomunales zapatones para evitar que el ascensor de la comisaría se cierre y sosteniendo las puertas con su cuerpo enano, franquea la entrada a la cabina a la doctora Lume. Una vez dentro, Krauss pulsa el botón del piso -6 con su rechoncho dedo índice, aunque perfectamente podría haberlo hecho con su bulbosa nariz que queda a la misma altura. Mientras Camila trata de imaginar qué extraños especimenes retendrá la policía a tales profundidades del centro de la ciudad, repara en que Krauss, desnucado y con una de sus aniñadas manos a modo de visera sobre los ojos, como quien mira a un eclipse, sigue hablando.
- … algo horrible. Muy macabro. Como le adelanté por teléfono, el sospechoso ha reconocido su culpabilidad. Se ha responsabilizado de todos los cargos presentados contra él. Incluso ha declinado cualquier oferta de representación legal. No me haría falta aprobar una oposición para poder sentenciarle.
- Sí, por ello se me hace difícil imaginar para qué necesitan de mis servicios. Además, por muy policías que ustedes sean, sus colegas deberían saber que no se puede irrumpir en la consulta privada de un psiquiatra como si tal cosa. Y menos en horario de terapia. Podrían haber pedido cita como todo el mundo…
- Mire, doctora Lume. En todos mis años de servicio no he visto nada tan abyecto. Fuera parte de la culpabilidad del sujeto y que de lleguemos a saber algún día qué retorcidas motivaciones llevan a una persona a cometer crímenes de esta naturaleza, le hemos hecho venir por otra razón: el sospechoso nos ha dejado muy clarito que tan sólo desea hablar con usted.
- No comprendo...
- Se trata de un paciente suyo. Fue a verla a su consulta en varias ocasiones según consta en su informe médico. Luego interrumpió el tratamiento. Después…, bueno, ya sabe. Su nombre es Galdo. Sebastián Galdo. ¿Le recuerda?
- Sí, claro. ¿Por quién me toma? No soy ningún médico de cabecera. Realizo un estudio exhaustivo de todos mis pacientes. Y el caso de Sebastián era realmente inquietante. Un trastorno del sueño muy atípico. A decir verdad, cuando dejó de ir a visitarme y de contestar a mis llamadas, pensé que el tiempo y la mera adaptación al origen de su trastorno habrían resuelto el problema por sí solos. Ahora comprendo que me equivoqué.
El ascensor se detiene en el sótano 6, Krauss representa la misma coreografía para sostener la puerta. Camila Lume nunca sabe si calificar esas situaciones de corteses o de machistas. Cuando el inspector extiende su brazo derecho mostrándole el camino, a Camila se le antoja del tamaño del de su hijo Pol, de diez años. Los detectores de presencia hacen su trabajo, iluminando un angosto y largo pasillo por el que se internan.
- ¿Y puedo saber de qué se le acusa?
- Por supuesto, señora Lume. A Galdo se le imputan los cargos de secuestro, malos tratos, homicidio premeditado y mutilación. En ese orden.
- No me cuadra… Sebastián nunca se mostró agresivo durante nuestras sesiones, ni mucho menos capaz de atentar contra la integridad de nadie. Más bien todo lo contrario: era atento, muy tierno, profundamente enamorado de la vida y de su novia... Me cuesta mucho creer que estemos hablando de la misma…
- Lo que más nos intriga –la interrumpe Krauss– es la felicidad que irradiaba el sospechoso cuando le detuvimos. Aunque pensándolo bien, yo también me habría alegrado de que me sacasen de aquel infierno.
- ¿A qué se refiere?
- Le ruego que sea discreta: esta información que le voy a facilitar aún forma parte del sumario y no quisiera leer titulares grotescos en la prensa de mañana, ¿me entiende?
- Le repito que soy doctora: me debo a mi profesión y al juramento hipocrático.
- De acuerdo… Llevábamos días recibiendo avisos de vecinos preocupados por el hedor que emanaba de la puerta de la vivienda, así que cuando irrumpimos en la casa nos imaginábamos que no íbamos precisamente a encontrar filetes de pollo en mal estado. Pero creo que ninguno de nosotros estaba preparado para aquello.
- Continúe, por favor.
- Encontramos a Galdo tumbado sobre su cama mesándole los cabellos a un cadáver en avanzado estado de descomposición. El forense asegura que se trata del cuerpo de una mujer de unos 30 años. Por la dentadura hemos conocido su identidad: se llamaba Luba. Luba Fësser.
- Sí, recuerdo que Sebastián la mencionaba mucho. Un nombre así no se olvida fácilmente. La adoraba. No paraba de decir que se sentía el hombre más dichoso del mundo a su lado. Tan sólo contemplarla le llenaba de gozo. De hecho, la raíz de su trastorno parecía ser ella: todo indicaba que Luba ejercía tal poder de fascinación sobre Sebastián, que le inhibía el sueño.
- No sé si la sigo, doctora Lume…
- El cerebro de Sebastián, en presencia de Luba, experimentaba tal incremento de endorfinas y serotonina que era incapaz de conciliar el sueño. En pocas palabras: podemos decir que Sebastián era un ‘yonqui’ y Luba su ‘camella’. Un cerebro acostumbrado a metabolizar tal cantidad de neurotransmisores, podría llegar a propiciar comportamientos aberrantes. Pero hasta el punto de…
- ¿Hasta el punto de atar a su novia a la cama, debilitarla mediante la privación de alimentos y dejarla morir de deshidratación para, a continuación, mutilarla…?
- Perdóneme inspector Krauss, pero lo que usted ignora es que una cascada bioquímica de neurotransmisores de esta índole puede hacer que se ignore la posibilidad de la muerte o de la injuria. El incremento de las endorfinas y la serotonina circulante despierta el denominado ‘esprit de corps’, tan anhelado por los líderes que desean preparar a sus tropas o equipos deportivos para la confrontación, porque eleva el coraje y disipa los miedos.
- ¡Por el amor de dios, doctora Lume, déjese de jerga de loqueros! Estamos hablando de que le arrancó los ojos a un cadáver famélico. Los forenses hallaron dos globos oculares al pie de la cama. Y el rostro de ese angelito, cuyos actos usted se empeña en justificar, emanaba serenidad en el momento de su detención. ¡El muy cabrón ni siquiera se molestó en abrir los ojos, joder…!
- No pienso permitirle que se dirija a mí en esos términos –le espeta Camila Lume, dándole la espalda y encaminándose de vuelta al ascensor-. No se moleste en acompañarme, me las arreglaré para encontrar yo sola la salida.
- Le ruego que me disculpe –se excusa Krauss consciente de que sus piernas contrahechas no conseguirán dar alcance a Lume-. Pero es que me exaspera la actitud chulesca de su paciente. Ni siquiera hemos conseguido hacerle la ficha en condiciones. Hemos tratado por todos los medios de obligarle a abrir los ojos. Pero muestra una pertinaz reticencia a hacerlo...
Krauss no sabe exactamente el qué, pero se da cuenta de que algo de lo que acaba de decir ha captado la atención de Lume, que decelera su paso hasta detenerse.
- Sus ojos… –recita ella a media voz, como una salmodia, dándole aún la espalda a Krauss-. Sus ojos…, eso es.
- Perdone, ¿ha dicho algo…? –Viendo a Krauss tirando del dorso del abrigo de Lume a cualquiera le vendría a la mente la imagen de un niño pidiendo a su madre que le comprase golosinas.
- Si Sebastián no les muestra sus ojos es porque no desea que ustedes vean en el fondo de su alma –dice Camila girándose lentamente.
- Mire, nosotros tan sólo queremos hacerle tres fotos en condiciones. De su alma que se ocupe, si quiere, el párroco de la prisión.
- Usted no comprende, Krauss. El mundo es el que es, pero es el mismo para usted y para mí. Sin embargo usted y yo no percibimos el entorno de la misma manera. La diferencia entre las personas estriba en cómo reaccionan ante circunstancias semejantes las distintas almas. Al igual que espejos cóncavos y convexos deforman la realidad devolviéndonos imágenes discordantes, Sebastián está convencido de que las personas son como son en función de las lentes a través de la que ven el mundo. Es decir, de sus ojos.
- Pffff… -Krauss resopla mientras se restriega con su manita regordeta el entrecejo- Está bien, prosiga…
- Mis conversaciones con Sebastián siempre giraban alrededor de su pasión por Luba. Pero recuerdo que, en su última visita, Sebastián me sorprendió con la importancia casi esotérica que le confería a los ojos de su novia. Si bien toda ella le robaba el sentido, el epicentro de su obsesión por Luba, el vórtice que le impedía conciliar el sueño se encontraba en los ojos de ella. Incluso llegó a ruborizarse al reconocer que, en ocasiones, obligaba a Luba a pasar noches en vela y que, en otras, la despertaba en mitad de la noche, tan sólo para contemplar aquellos iris verdes ‘kriptonita’, esa fue precisamente la palabra exacta que empleó Sebastián, con brillos dorados que le hechizaban.
- Puedo llegar a entender que se volviese loco por los ojos de su novia. Pero de ahí a que la dejase morir para arrancárselos a su cadáver, media un trecho.
- Tendría que acceder a los registros sonoros de aquellas sesiones, -Camila piensa en voz alta mientras consulta sus notas en un gran cuaderno que extrae de su enorme bolso-. Sí, aquí está... 3 de mayo, hace algo más de un mes desde nuestra última sesión: "Sebastián tiene una fantasía recurrente: fundir su alma a la de Luba (su novia). Cito: Anhelo pensar como ella; soñar lo que ella sueña; desearía ver lo que ella ve...".
Una idea macabra comienza a tomar forma en su cabeza. Antes de alcanzar la puerta de la celda donde retienen a Sebastián, oyen el eco de los pasos apresurados de alguien que trata de darles alcance por la espalda. Ambos se giran sobresaltados. Definitivamente aquel no es un lugar que invite al solaz y la relajación.
- ¡Inspector Krauss, espere! -grita su perseguidor. -Han llegado los resultados de las pruebas del laboratorio –dice jadeando una vez que les da alcance.
- Gracias, Lima. Le presento a la doctora Lume -murmura Krauss mientras abre un sobre marrón autoadhesivo casi tan alto como él. Tarda aproximadamente un par de minutos en asumir su contenido. Veamos... los resultados de ADN no dejan lugar a dudas: la victima es Luba Fësser. Los del laboratorio aseguran que lleva muerta aproximadamente nueve días. Sin embargo algo no cuadra: aquí dice que los globos oculares hallados en la escena del crimen presentan un grado de descomposición menor que el resto del cuerpo de la víctima. Cito textualmente: El empleo de una solución salina o de formol podrían haber retrasado su nivel de descomposición. La confirmación de esta hipótesis requiere de más pruebas. Dígame doctora Lume, ¿qué mente enfermiza conservaría en formol los ojos de un cadáver...? -pregunta Krauss mientras teclea el código del calabozo donde les espera Sebastián.
Camila Lume no responde. Ni siquiera escucha la pregunta. Todas sus neuronas están ocupadas en evitar que una idea espeluznante la posea... La puerta se abre y contempla a su ex paciente sentado al otro lado de una mesa metálica en medio de una sala blanca y potentemente iluminada. Sebastián aún mantiene los ojos cerrados.
- ¿Es usted, doctora Lume? -una lágrima parece tremolar por debajo de su párpado derecho. –Sé que es usted.
Camila Lume toma asiento frente a Sebastián. Quiere formular alguna pregunta del tipo "¿cómo estás Sebastián?", pero enmudece. Algo no funciona. Aquella lágrima parece burlarse de las leyes de la gravedad: en lugar de deslizarse por la mejilla de Sebastián, se retuerce espasmódicamente sobre su pómulo. De pronto repara en que aquello no es una lágrima... Su mente estalla en pedazos y un alarido desgarrador llena la estancia.
- ¡Lo he conseguido doctora Lume! -Sebastián sonríe radiante como un niño. ¡He conseguido volver a dormir Camila! ¡Vuelvo a soñar! -grita Sebastián mientras pliega sus párpados.
Una esfera amarillenta y putrefacta se estrella sobre la mesa rodeada de un coro de gusanos blanquecinos. Es cierto que en ella aún pueden apreciarse destellos verdes y dorados... Pero comparar aquellas irisaciones con las de la kriptonita resulta, cuanto menos, exagerado.